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Cuando bajaban las aguas del Orinoco, las piraguas traían a los caribes con sus hachas de guerra.
Nadie podía con los hijos del jaguar. Arrasaban las aldeas y hacían flautas con los huesos de sus víctimas.
A nadie temían. Solamente les daba pánico un fantasma que había brotado de sus propios corazones.
Él los esperaba, escondido tras los troncos. Él les rompía los puentes y les colocaba al paso las lianas enredadas que los hacían tropezar.
Viajaba de noche; para despistarlos, pisaba al revés. Estaba en el cerro que desprendía la roca, en el fango que se hundía bajo los pies, en la hoja de la planta venenosa y en el roce de la araña. Él los derribaba soplando, les metía fiebre por la oreja y les robaba la sombra.
No era dolor, pero dolía. No era la muerte, pero mataba. Se llamaba Kanaima y había nacido entre los vencedores para vengar a los vencidos.
Memoria del Fuego: Los Nacimientos